Umuma, la aventura de ser familia | El efecto espejo
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El efecto espejo

¿Has sentido alguna vez que la madre que estás acompañando te incomoda y te duele?

 

A veces pasa. Y es que el nuestro es un trabajo básicamente emocional. Es bien sabido que trabajamos con una etapa sensible en la vida de las personas, y seguramente por eso, el reto para nosotras es mucho mayor, y el compromiso de cambiar las cosas, nos obliga a negar nuestra incomodidad, a querer estar siempre bien, porque bastante tienen nuestras clientas con lo suyo. No nos lo podemos permitir.  Y entonces nos cargamos de presión, de culpa, de miedo a no estar a la altura, de no estar asesorando bien, porque algo en esa madre, en es persona nos activa un fantasma dormido dentro, y la sensación no nos gusta.

 

Es lo que llamamos “el efecto espejo”: un fenómeno común en las relaciones que nos ayuda a la evolución personal y está muy presente en nuestro trabajo, especialmente para las que tenéis el handicap de ser madres. Y sí, digo el handicap, porque eso os hace más vulnerables a este efecto espejo. Otro día os hablaré de la diferencia entre las profesionales-madres y las profesionales-nomadres, todo un tema, pero ahora vamos a lo que vamos. ¿por qué digo que tenéis una dificultad añadida?

 

Porque para poder acompañar, debéis, necesariamente sanar vuestra experiencia personal.

 

En un acompañamiento, el yo no importa. Jamás, el ego queda atrás y sólo importa la persona que tenemos delante y que nos exhorta buscando respuestas. Esa madre o mujer cargada de dudas, miedos, inquietudes, autoexigencia, angustia, que curiosamente tanto nos recuerda a nosotras en nuestra experiencia.  Cuando tenemos cosas por integrar, por sanar, colapsamos – y de esto hablaremos largo y tendido durante este primer mes de formación-, es como golpearnos con un martillo sobre una herida abierta. Vuelve a sangrar, duele, y nos enfoca en nuestro dedo, no en la persona a la que se le escapó el martillo y nos dió el golpe. Así jamás podremos ayudar. Es como si un director de orquesta pidiera el foco.

 

Parte de nuestro firme compromiso con las familias a las que acompañamos es la de ser refugio, lugar seguro, zona franca, donde no hay juicio, ni miedos, ni peligro, donde poder expresarse sin lucha para poder sanar su herida. ¿Y cómo hacemos nosotras con la nuestra? Sanando y transformando. A mi las emociones se me antojan a veces como bolitas de luz, que viajan por nuestro cuerpo: duelen en nuestro corazón, debemos dejarlas salir, para que bajen y podamos digerirlas en el estómago, y así viajen de nuevo,  del estómago a la cabeza, donde asentarse.

 

Sentir, Aceptar, Integrar. El camino de la sanación.

 

Es árdua tarea, pero una vez conseguido, queda el recuerdo, la cicatriz, siempre más sensible, latente, doliente. Los recuerdos son como un mapa de ruta, de los caminos que ya hemos transitado, y una fuente poderosísima de bagaje para nuestra profesión. Nuestros sentimientos transmutados, y los de todas aquellas personas y familias a las que ya hemos acompañado, son como nuestro “botiquín de las heridas sanadas”, una farmacopea ambulante que nos capacita para ofrecer el remedio perfecto y adecuado en la próxima situación. Como te decía, cuando este tránsito se cumple y el dolor cesa, el recuerdo se mantiene ahí, atento y disponible  para la próxima activación.

 

Sana y sigue.

 

Y entonces, sólo entonces, cuando ya has cicatrizado tu herida, y has aprendido, llega esa madre espejo a ponerte a prueba. Esa situación cotidiana, que tanto te recuerda a tu “yo” de hace unos meses, o unos años, y que se siente igual de perdida, frustrada, inquieta y sola. Pero con una salvedad, ella te tiene a ti y a tu “botiquín de las heridas sanadas”. La mejor manera de ayudar a estas madres, a veces es reconectar con esa emoción propia de nuevo, recordar cómo se sintió tu madre interior cuando vivía esa situación, o otra similar, revalidar ese sentimiento, permitirte revivir el dolor y conectar de nuevo con aquella capacidad de superarlo.

 

Sana y sigue.

 

Somos así el crisol para esa madre, el espejo permitiendo la distorsión de la imagen del “otro” y su transformación. Trabajaremos a lo largo del próximo año muchas de las virtudes de una buena asesora, pero sin duda, la base de todas es la empatía, piedra angular de cualquier proceso. Conectar con el “otro”, sentir lo que siente, entender lo que piensa. ¿Y cómo voy a conectar con el “otro” si no conecto conmigo? Entendernos es como colocar la primera pieza de un dominó, después de eso todo cobra sentido: la aceptación del dolor,  el respeto a los pensamientos, la contención de las emociones, la validación de los sentimientos. Un largo proceso hasta la paz y la transformación.

 

Debemos viajar primero, y de ese modo podremos guiar después.

 

A veces las madres necesitan estímulos, referentes, otras mujeres y otras historias en las que reflejarse. Desde tu experiencia vivida o compartida, háblale de ti, de tu miedo, de tus dudas,  de lo que te inquietaba entonces. Pon palabras a su dolor y dale futuro, dale esperanza, dale confianza. Recuérdale q el túnel se acaba. Q hay luz al final. Que hay madres al otro lado. Que la espera madre que puede ser. La que quiera ser. Que allí también estarás tú. Da miedo transitar la oscuridad del túnel y tú lo sabes bien, así que bríndale esa mano amiga.No está sola, y tú tampoco.

 

Eso es empoderar, ese es nuestro papel. Somos traductoras bilingües: hablamos el idioma de la madre que tenemos enfrente, y el de la Madre que todas llevamos dentro. Debemos desarrollar la habilidad de traducir las experiencias en recursos, las emociones en fortalezas y los miedos en oportunidades.  

 

Dedicado a Iria, para que siempre recuerde que el túnel tiene fin. Siéntete orgullosa del camino recorrido, porque eres ejemplo de superación y no  te niegues como referente,  porque eso te da aún más valor como asesora.

 

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